12 de febrero de 2012

Aunque desde Kika y Otelo han pasado por casa varias acogidas de las que aún no he tenido tiempo de escribir, esta entrada la quiero dedicar a las dos últimas incorporaciones a mi familia. Dos acogidas que casualmente llegaron casi a la vez y entre las que existe una química muy especial. Una química que pase el tiempo que pase, nunca dejará de existir.

El 12 de Febrero de 2012, Ona fue sacada del infierno de la calle en un estado lamentable, con extrema delgadez, y una herida abierta en su pata derecha trasera que le dejaba el hueso al aire. Una herida que ha requerido curas durante meses y que finalmente ha conseguido regenerar creciendo carne donde parecía imposible.

Ona es una perra de unos 7-8 años maravillosa. A pesar de su gran herida, nunca nunca nunca ha dejado de mover la cola en todo momento, incluso durante las curas. Desde que verónica fue a recogerla a la perrera de Ribarroja hasta el día de hoy. Durante las curas, han sido imprescindibles mis compañeros Dani y Alba que han acudido a casa día sí y día también para ayudarme hasta que la herida fue lo suficientemente pequeña como para valerme por mí misma.

Espectacular, alta, brillante, divertida, alegre, simpática, torpe, cariñosa, espontánea, pacífica, lista, obediente, curiosa, limpia, estable, tranquila… Hay tantas cosas que podemos contar de Ona…

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A Ona le encanta esperarte detrás de la puerta hasta que llegas. Pero cuando lo haces, no te creas que se levanta, no. A veces tienes que empujar la puerta para abrirla bien. Y ahí está ella detrás, toda espachurrada, moviendo su cola.

Si tienes el transportín abierto, le encanta meterse en él, en su tienda de campaña de indios como yo le digo. Desde lejos puedes escuchar su cola como golpea el lateral del transportín desde dentro. Y cuando vas a buscarla, te mira toda feliz desde dentro, como no, moviendo la cola sin parar.

Cuando viaja en coche, lo que más le gusta es cotillear por el cristal de atrás. Me encantaría verla desde el coche de atrás, debe estar graciosísima! Y se hace la remolona para subir. Con la excusa de la pata, te mira como diciendo ¿me subes? Eso sí, como escuche un trueno lejano o algo parecido, pega un bote ella sola y te mira desde dentro… ¿puedes cerrar por favor que me asusto? La herida le ha servido muchas veces como excusa para no moverse, pero no le impidió subirse al banco de la cocina y alcanzar la paella que dejamos encima de la nevera donde quedaban dos raciones de arroz. No dejó absolutamente nada.

Ona es otra jefa como Berta. Fue evidente desde el primer momento, y claro, han tenido sus más y sus menos. Después de 6 meses, Berta sigue manteniendo la jefatura, y se llevan de maravilla. Y es que aunque tuvieron una pelea seria al poco de llegar, la relación entre las tres no ha hecho más que mejorar. Duerme junto a Petri sin problemas, y en la calle se buscan mucho las tres.

El 12 de Febrero era mi cumpleaños. Mi queridísima amiga Gema que llevaba unos meses viviendo en Zurich me invitó a pasar unos días allí para celebrarlo. Que dura se hace la distancia cuando quieres a alguien y lo quieres tener cerca! Antes de mi viaje en casa tenía a Nilo conmigo, otra maravilla de la que hablaré en otro momento. Mientras estuve fuera, Nilo pasó a casa de los grandes Sergio y Nacha. La idea era que regresara a mi casa a mi vuelta, pero como apareció nuestra querida Onita, Nilo terminó la acogida con Sergio y Nacha y yo recogí a Ona a mi regreso.

Como siempre digo, no te quieres quedar con todos los perros que acoges. Esto es así. Hay perros con los que empatizas más y otros con los que empatizas menos. Todos los que han conocido a Ona se han enamorado de ella. Y yo, que me he pasado meses diciendo que Ona, con mucho dolor de mi corazón, pero se irá de mi casa, hasta empiezo a pensar que no está mal con nosotros.

Nuestra Onita se irá, si. Y lloraremos, y la echaremos mucho de menos, pero nos quedará la alegría de haberla ayudado a encontrar familia, la satisfacción de lo bien que lo está pasando en casa, de lo feliz que es, de lo tranquila y segura que se siente.

Y vendrá otro necesitado, y la rueda continúa. Habrá que enseñarle a disfrutar de la vida, a estar en compañía adecuadamente, a pasear, a no saltar sobre la comida ni sobre las personas, a salir de la cocina, a no ponerse nervioso en los paseos…

En fin, que esto es así, la gran labor de las casas de acogida. Quererlos como tuyos, y dejarlos marchar.

 

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